Por ejemplo la de mamá, que cada día corre que vuela con su bólido rojo de vuelta del trabajo, pensando sólo en la carita sonriente de Nicolás y en sus frasecillas de lengua de trapo.
Y un ritual que se repite siempre que papá está de viaje y que suele ser dos de cada cuatro semanas, y que es el de llegar chirriando rueda a eso de las 8 de la noche pasadas, aparcar y salir pitando a casa de los padres de papá que van a buscar al peque al cole si están por aquí, recogerle, ir a comprar el pan y las cuatro cosas imprescindibles que falten, bañarle, poner en marcha la cena mientras le embadurno de cremas y demás potingues al más puro estilo spa, colocarle el pijama y finalmente darle la cena mientras vemos Bob Esponja.
Y finalmente, a eso de las 10 de la noche (pasadas), consigo lavarle los dientes y acostarle y, si queda una pizca de energía: malcenar sola viendo alguna peli del plus. Con suerte es posible que me quede media horita libre para leer, navegar o incluso trabajar si toca.
La noche luego transcurre rápido, Nicolás mediante (que no sueñe, que no me llame pidiendo agua o cacota, etc etc).
Y aún así: benditas noches y bendita rutina diaria.
Buenas noches!
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miércoles, 6 de junio de 2012
domingo, 3 de junio de 2012
Cena con vistas
Y no, no fue en mi pueblo. Se trata de un hotel en un campo de golf bien cerquita de Barcelona. Y sí, es un poco elitista, pero total cenar teníamos que cenar, y por aquellas casualidades de la vida pasábamos por allí justo la noche en que la organización de la MotoGP había montado una fiesta para sus invitados.
El caso es que como la fiesta era en la piscina, nosotros pudimos disfrutar de una cena casi privada en los jardines de atrás, de cara a la puesta de sol y con los camareros volcados en nosotros.
Durante la cena, una señora de Saint Moritz se mostró muy interesada en Nicolás, que no paró de hacerle monerías porque, como imagino que ya sabréis si nos leéis, Nicolás es un figurilla de cuidado.
También tuvimos la visita inesperada de un gatito de color naranja que desde que Nicolás le tiró un poco de queso no paró de merodear entre sus pies.
Pero lo mejor de todo fue cuando ya anocheció y encendieron las luces del jardín y también unas velas muy grandes que había en unos pebeteros estratégicamente colocados por toda la campa de atrás, y los tres dejamos las cosas en la mesa y nos pusimos a corretear por la hierba con la luna sobre nuestras cabezas, y a coger los dientes de león que aparecían aquí y allá de entre los trigos recién segados, y a soplarlos pidiendo siempre los mismos deseos.
Creo que entre tanto glamour, todo el mundo agradeció la visita de Nicolás y su frescura.
El caso es que como la fiesta era en la piscina, nosotros pudimos disfrutar de una cena casi privada en los jardines de atrás, de cara a la puesta de sol y con los camareros volcados en nosotros.
Durante la cena, una señora de Saint Moritz se mostró muy interesada en Nicolás, que no paró de hacerle monerías porque, como imagino que ya sabréis si nos leéis, Nicolás es un figurilla de cuidado.
También tuvimos la visita inesperada de un gatito de color naranja que desde que Nicolás le tiró un poco de queso no paró de merodear entre sus pies.
Pero lo mejor de todo fue cuando ya anocheció y encendieron las luces del jardín y también unas velas muy grandes que había en unos pebeteros estratégicamente colocados por toda la campa de atrás, y los tres dejamos las cosas en la mesa y nos pusimos a corretear por la hierba con la luna sobre nuestras cabezas, y a coger los dientes de león que aparecían aquí y allá de entre los trigos recién segados, y a soplarlos pidiendo siempre los mismos deseos.
Creo que entre tanto glamour, todo el mundo agradeció la visita de Nicolás y su frescura.
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